Turro, el perfecto burro

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Turro, era una meticuloso y quisquilloso burro;
todo tenía que tener perfectamente ordenado y controlado,
sus cosas cuidaba con extremo y obsesivo cuidado;
y como dentro de su perfección, creía tener siempre la razón,
continuamente con familiares y amigos se discutía,
pues sólo él, bien las cosas hacía;
estaba convencido de que a nadie bien caía,
pero es que en realidad, un carácter muy difícil tenía…
la mala costumbre de contrariar a los demás había cogido,
y todos esperaban que se le quitase, igual que le había venido.
Cuando era pequeño, ya muchos disgustos se ganaba;
con su hermana, Joana, muy mal se llevaba…
ésta, todo siempre le rebatía, ningún caso le hacía…
las toallas del armario, de cualquier modo sacaba,
mientras él, perfectamente las colocaba
y ponerlas de nuevo en orden le tocaba;
la ropa que sucia ya estaba, con la limpia mezclaba
y Turro la tenía que separar, para ponerla a lavar;
la bonita mesa del comedor Joana un día manchó
pues poner un posa-vasos debajo del vaso olvidó…
El burro desmesuradamente se puso a gritarle,
sin embargo, su hermana la razón no quiso darle:
si la mesa se manchaba, se limpiaba y el problema se acababa… estos descuidos Turro no soportaba y siempre se lo recriminaba,
él opinaba que tener un poco de esmero y cuidado, nada costaba;
a ser más ordenada la quería enseñar,
pero era incapaz de hablar sin regañar,
sólo sabía mandar y gritar.
Así es que, entre que una caso no hacía
y el otro que de malas maneras todo decía,
buena convivencia nunca tuvieron y cuando crecieron,
muchos años distanciados estuvieron…
pero Turro de esto se arrepentía,
pues a su hermana mucho quería,
él de otra forma no sabía hablar,
no se lo decía por fastidiar,
sino para que cuando mayor fuera,
orden y disciplina en su vida tuviera.
Sin embargo, Joana sólo se fijaba en la forma en que se lo decía,
por eso, que le dijera que por su bien lo hacía , no la convencía…
Un día, una llamada de su hermana recibió
que muchísimo lo sorprendió,
él creía que nunca le volvería a hablar…
Joana quería saber si la podía ayudar, la acababan de operar
y su pequeña, aunque bien se defendía, con toda la casa no podía…
su marido viajando estaba y hasta dentro de una semana no llegaba.
Muy contento y nervioso, Turro hasta casa de su hermana se acercó
y por unos días, con ella y su sobrina, se instaló.
A la pequeña Lucía, mucho no conocía,
pero extrañamente enseguida conectaron
y ambos muy bien se llevaron.
Lucía le enseñó la que sería su habitación,
esperando que todo tuviera su aprobación;
era muy amable y cariñosa, del todo mimosa.
Turro se sorprendió cuando en el armario la maleta metió:
todas las toallas estaban ordenadas, incluso, por tamaños separadas…
Al final, Joana a ser ordenada había aprendido,
entonces, al enseñarla, el tiempo no había perdido;
observó que en la cocina lo mismo pasaba:
tenedores, cucharas y cuchillos, en su sitio dejaba,
como él, cuando era pequeña, le aconsejaba…
Turro pensó que así la convivencia buena sería
y que bien con su hermana y su sobrina estaría;
pero cuando a la habitación de Lucia entró, estupefacto se quedó:
encima de la cama mucha ropa había,
los libros no estaban en la estantería…
¡nada se hallaba en su sitio colocado, todo estaba desordenado!
gritando a Lucía llamó y mucho le regañó,
pues a su madre tenía que ayudar y bien su habitación arreglar.
La actitud de Turro estaba fuera de lugar,
ya que de muchas maneras se puede hablar;
pero él no sabia hacerlo de otra manera y trataba mal a cualquiera,,,
La pequeña mucho se avergonzó y a recoger todo se apresuró,
mientras de sus ojos lágrimas se escapaban
y por sus mejillas resbalaban…
Turro no esperaba que Lucía se callara,
ni mucho menos que la pequeña llorara,
creía, que como su madre, le contestaría y ningún caso le haría
y remordimientos por regañarle no tendría…
pero Lucía se había callado, ni una palabra había soltado;
actuó con tanta nobleza, que Turro se quedó de una pieza…
sintió un dolor desgarrado, estaba realmente avergonzado;
por eso, junto a la dulce Lucia en el suelo se arrodilló
y a recoger sus cosas y a ordenar sus libros, la ayudó;
entonces, ella le explicó, que su habitación no había podido arreglar,
pues la de él, con mucho esmero, había querido preparar;
pero ella siempre tenía todo muy bien ordenado,
así su mamá desde muy pequeña se lo había inculcado….
La pequeña Lucia dio a Turro una buena lección,
y eso le llenó de inmensa satisfacción:
no hacía falta que todo estuviera colocado a la perfección,
ni cuidar las cosas materiales con tanta pasión…
Lucía actuó de forma prudente, como él no esperaba,
y fue como si le hubiera dado una bofetada,
pues le demostró, que no es necesario gritar para enseñar.
La semana que con ellas estuvo, Turro se relajó cuanto pudo:
las cosas trataba con cuidado pero no de un modo obsesionado
y si no compartían su opinión, quizás era porque él no tenía razón.

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