Viaje al centro de sí misma

Finalmente se convirtió en lo que tanto evitó. Ya no pudo más. Por muy bien que supiera nadar, hacerlo a contracorriente la acabó venciendo. Y se transformó en uno de ellos, en aquellos seres que caminan por inercia, que pasan por la vida con su egoísmo por delante.
Aquella gélida mañana del mes de enero se sintió distinta pero, podría decirse que, en parte, un tanto liberada. Durante toda la semana anterior había estado intentando ser como los demás. Al principio le costó. Después no tanto. Al final, nada.
Aprendió a no mirar si alguien necesitaba sentarse. A fijar su mirada en su móvil, como todos. A retirar la vista de ese pequeño que intenta en vano llamar la atención de su mamá, precisamente inmersa en su pantalla del teléfono; ese pequeño que al final se “lleva un grito” por no estarse quieto en su asiento.
Por fin entendió que, para sobrevivir en esa jungla, debía seguir al rebaño y no descarrilarse. Tenía que caminar deprisa, zafarse entre ellos, llevarse por delante sus mochilas, incluso sus codos si alguno sobresalía de su espacio establecido. Correr al escuchar el pitido que indicaba el cierre inmediato de las puertas. Empujar, si era necesario, al que se quedaba quieto como un pasmarote delante de la puerta, apalancado, inamovible, contento porque había subido, “cogido sitio” y creído ser el único pasajero del metro.
Acto seguido venía la impuesta y obligada convivencia, más o menos duradera en el tiempo, dependiendo de la estación en que cada usuario se bajase. Era el momento de pegarse a la cara de un desconocido. Escuchar la música del que se ponía a su izquierda. Soportar la colonia de la de la derecha. Estornudar por su causa, algo propio de su alergia matutina. Respirar hacia adentro, sin abrir demasiado las fosas nasales, mucho menos la boca. Mirar con desesperación el indicador de cada parada, aun sabiéndose de memoria cada estación.
Su parada: toca posicionarse, hacerse sitio para bajar deprisa y volver a correr. Volver a correr…

Ella nunca había cogido los ascensores, en principio dispuestos para las personas que realmente los necesitan. Sin embargo, observando a los demás hacer cola para cogerlos, perdiendo un tiempo que hubieran ganado de haber subido por las escaleras, hizo lo mismo y esperaba con paciente impaciencia, religiosamente cada día, el ascensor que la llevaría cuatro pisos hacia la superficie.
¡Un viaje más superado, sin demasiados incidentes! Ahora quedaba el regreso. Y el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente…
Solo le bastó esa semana para aprender a ser como los demás. Pensó que le costaría más, que ella era diferente, que nunca se dejaría arrastrar por los otros. Pero lo hizo. Y eso la decepcionó. Aunque después se sintió extrañamente aliviada: ya era una más del rebaño y había aprendido a comportarse como tal.
Bien, se acabó la lucha contra el mundo real.

Deja un comentario