El intruso (micro-cuento para el perfil Gritaclub, de Instagram 2025, en su reto de palabras)

Huyendo, como se suele decir, del mundanal ruido, Josh y Rossana se habían instalado ya en su cabaña de las montañas, como le gustaba llamarla a Rossana. Aquella semana había sido especialmente intensa: problemas en el trabajo, tontas discusiones, problemas familiares… ¡y todo a la vez! pero ellos eran dos almas positivas y siempre que les ocurría algo así (cosa que últimamente estaba sucediendo demasiado a menudo), pensaban aquello de: «ya vendrán tiempos mejores»; sin embargo, en el fondo, ambos sabían que estaban tardando demasiado en llegar y que tal vez, antes de que llegasen, alguno de los portadores de esos problemas, podría tomar una decisión drástica para acabar con ellos de una vez por todas. Pero ahora, tocaba relajarse, sentarse en el confortable sofá situado frente a la chimenea, escuchar el cálido y reconfortante crepitar del fuego, observar absortos el movimiento ascendente y descendente de una llama tras otra, y disfrutar de la romántica música que sonaba en el viejo tocadiscos que Josh había conservado, una «reliquia» de cuando era jovencito, y que se trajo de la casa de sus padres.
Aún sabiendo que tras esa mirada que se traducía en la frase: ¡Qué guapa eres!, que su marido siempre le decía antes de que la fuera a besar, Rossana se estremeció, no tan solo por el hecho de que todavía se emocionaba cuando él se le acercaba y podían disfrutar de esos pocos instantes de intimidad que los demás les dejaban, si no porque, literalmente, un escalofrío le recorrió el cuerpo, en una especie de electricidad que le empezó en la cabeza y le acabó en la punta del dedo gordo de su pie derecho. De pronto, el timbre de la puerta sonó. Ambos se miraron y seguro que pensaron lo mismo: «no podía ser, ¿también a 1.000 kilómetros de distancia los iban a molestar?». Quien fuera que llamase volvió a hacerlo, y a insistir e insistir, como si el que le abrieran la puerta le fuera «de vida o muerte». La pareja se levantó al tiempo y se dirigió a la puerta. Antes de abrir, y sin saber exactamente por qué, Rossana se cogió fuertemente a la mano de su marido, como si presagiase que esa visita no podía traerles nada bueno. Josh abrió la puerta. Ante ellos apareció un hombre de mediana edad, delgado, vistiendo gabardina y sombrero, y sosteniendo un minúsculo cigarrillo que se aguantaba en la comisura de sus labios. El visitante estaba empapado, calado hasta los huesos, como si le hubiera caído encima una enorme tromba de agua. El matrimonio lo miró desconcertado y se miraron entre sí: no había caído una sola gota de agua desde que estaban allí. ¿Cómo era posible que aquél hombre estuviera chorreando? ¿de dónde venía? En aquél preciso instante, un espectacular relámpago iluminó medio cielo, para dar paso al trueno que resonó como si hubiese caído una bomba allí mismo. Rossana profirió un espantoso grito antes de caer desmayada…

Continuará

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