La piadosa pajarita y su fea amiga, Florecita

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A la bonita jilguera Dolores
le gustaban mucho las flores,
diariamente por el bosque paseaba
y a contemplarlas se paraba;
deleitaban la vista a cualquier espectador,
ayudadas, además, por un perfume embriagador;
con sus hermosos colores,
conquistaban también a Dolores,
su suave tacto aterciopelado,
perdidamente la había enamorado.
Sin embargo, un día la pajarita,
se fijó en una florecita que no era muy bonita;
la pobre paliducha y desmirriada rosa,
que tenía un triste y apagado color rosa,
no había podido optar por otra cosa,
que ocultarse tras unos zarzales,
como si fuera una más de esos matorrales.
Pero aunque Dolores, mirando a las otras flores,
tenía delante un paraíso de sensaciones,
no se dejó llevar por sus emociones,
ni por falsas sensaciones
y como aguantaba bien las tentaciones,
sabía que esta belleza tampoco mucho les duraría,
que llegado el momento, también se marchitarían
y de este mundo, igual que todos se irían;
así es que se apiadó de la que ni por un día,
esa vistosa virtud tendría y que fea se moriría;
sin embargo, ahora que detenidamente la observaba,
y no sólo su apariencia exterior miraba,
algo en la sencilla flor veía que su atención atraía,
incluso, extrañamente, muy bonita le parecía,
no como el resto de sus hermanas, las hermosas rosas,
quienes de sí mismas pagadas y orgullosas,
permitían que el suave viento las balancease
y con ellas coquetamente jugase,
para poder, delante de cualquiera, pavonearse.
Era verdad que Florecita no era muy agraciada,
sobre todo, si con las demás se la comparaba,
pero lo que la hacía aún más desgraciada,
era que sus compañeras la rechazasen
y de su lado la apartasen:
delante de ella se ponían
y un precioso ramillete componían,
ante cualquier caminante su hermosura mostraban,
a Florecita tapaban y ocultaban
y aunque, por un único instante fuera,
de que nadie, a la fea flor viera,
las preciosas rosas se encargaban;
así, sólo en lo bellas que eran ellas se fijaban
y con la extraña Florecita no las comparaban.
Dolores no sabía cómo lo haría,
pero a la pobre flor ayudaría,
así es que iba a verla cada día;
muchas horas con ella pasaba
y de esta manera, solita no estaba,
entre los zarzales la buscaba,
su merienda de variadas semillas allí se llevaba
y junto a su nueva amiga se la comía,
hablando de todo un poco la distraía
y de su tristeza la evadía.
Día tras día y hojita a hojita,
inevitablemente, Florecita se desvanecía,
pero su alegría no desaparecía,
pues una compañera había encontrado
que en su nula belleza no se había fijado.
Una tarde, Dolores a Florecita no vio,
sin embargo, en el rincón donde ella estaba
y en el que siempre se escondía,
una preciosa y exuberante flor había,
que a la vida tímidamente asomaba;
la pajarita supo enseguida qué había pasado:
ella misma la había sembrado,
con las buenas semillas que cada día traía
y junto a su buena amiga comía.

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