¿Quieres que te cuente un cuento recuento?

Llina la gallina era un poco “tacañina”,
sus cosas compartir no le gustaba
nada regalaba, aún si le sobraba:
como a ella nadie la ayudaba
igualmente con los demás actuaba:
lo suyo, suyo era,
eso decía a cualquiera.
Sus compañeras esto no pensaban,
entre todas se ayudaban,
no miraban si una no les había correspondido
pues ellas creían que hacían lo debido:
Unas a otras poder ayudarse
sin nada que reprocharse,
no se trataba de que el favor se devolviese
sino de echar una mano a quien falta hiciese.
Pero Llina no era de su misma opinión
y bien mirado, la pobre, tenía su razón:
Cuando era pequeña una  amiga tenía
con la que todo compartía
cualquier cosa que Tina le pedía
Llina sin pensar se lo concedía,
en todo a su querida amiga ayudó,
pero ésta sin miramientos, la traicionó.
En casa de Tina mucho pienso no había
y Llina con su buena amiga, el suyo compartía,
no importaba si para sí misma no tenía
pues su amistad mucho más valía.
Pero al hacerse mayores la cosa cambió
pues Llina de un gallo se enamoró
y éste le correspondió.
A Tina mucha envidia le daba,
aunque Llina a su amiga no dejaba,
pues con ella también quedaba.
Pero a Tina no le bastaba
y con Llina se enfadaba,
quería que solamente con ella estuviera
que su amistad lo más importante fuera.
Presionada por su actitud,
Llina tenía una gran inquietud:
Tina la amenazaba y culpaba
le decía que de allí se marchaba
si a su novio el gallo no dejaba.
Así es que la pobre Llina su boda canceló
y el bienestar de su egoísta amiga eligió.
Pero Tina, la envidiosa gallina,
a un gallo conoció, del que se enamoró
y a su buena amiga boquiabierta dejó
pues con él al poco tiempo se casó;
de su pequeño barrio se marchó
y a otro más grande se mudó.
Llina no le pidió explicaciones,
intentó entender  sus razones.
Pero nunca más la volvió a ver
y nada de ella quiso saber.
Sus compañeras esta historia no sabían
por eso  no entendían,por qué nada compartía.
Un día en el jardín unos polluelos Llina encontró,
en los que inevitablemente se fijó:
parecían estar desorientados,
como si estuvieran mareados,
tambaleándose caminaban
seguro que hambrientos estaban,
pues como locos piaban.
Llina no quería invitarlos a comer
no era en ningún caso su deber
aunque los viera desfallecer…
como siempre decía: su pienso para ella era,
no para regalar a cualquiera.
Pero Llina siempre tuvo buen corazón
y para no socorrerlos no había razón,
pues los peques culpables no eran
de que antaño a ella la hirieran.
Así es que dejó  al lado su tacañería
y compartió con ellos el pienso que tenía.
Como nadie los vino a reclamar,
pensó que ella los podría adoptar,
su mamá sería para ellos viviría.
Los polluelos crecieron, mayores se hicieron
y de su mama orgullosos siempre estuvieron.
Su bondadoso y gran corazón
venció a una pequeña obsesión:
la de no compartir, si bien quería vivir.
Llina hizo el bien sin mirar a quien
Asi,su mala experiencia olvidó
su tacañería superó
y feliz para siempre vivió.