El pañuelo de oro

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Cuenta una leyenda extraña
que en tierras de Gran Bretaña
la gatita más linda vivía;
poco de su castillo la princesa salía,
decían que un poco especial era,
ya que no trataba con cualquiera;
muchos pretendientes la venían a conocer
pero ella ni siquiera los quería ver;
casarse no le interesaba,
feliz en su soledad estaba,
sin embargo, su padre así no pensaba
pues de unir reinos y tierras se trataba.

Como con el rey no quería discutir
y ya no sabía cómo el tema eludir,
Flor pensó que aquél que quisiera
que en matrimonio a él se uniera,
un presente le debía traer
que no sería fácil de obtener…

Cerca del cementerio de Las Lunas,
rodeado de pantanosas lagunas,
se hallaba una mansión en ruinas
que según los vecinos y vecinas,
estaba maldita y embrujada,
contaban que allí habitaba
el espíritu de doña Pura,
que “murió en vida” mientras esperaba
a un caballero de radiante armadura,
a ese esposo que nunca llegó
pues de una contienda no regresó;
parece ser que enloqueció
porque del disgusto que se llevó,
el hijo que esperaba perdió.

Una noche de cerrada tormenta,
avisados por la asistenta,
a la casa unos enfermeros llegaron,
a la atormentada doña Pura se llevaron
y en un manicomio la internaron.
Años más tarde el soldado a su tierra volvió
pero en su casa a nadie encontró;
enterado de lo sucedido,
al hospital a su amada fue a buscar
sin embargo, ésta ni lo había reconocido:
ya era tarde para recordar;
el caballero enfurecido
al pueblo de Bretaña maldijo,
a los que con razón dijo
que él por su tierra todo había dado
y ellos por su familia ni se habían preocupado…

Aquella siniestra y maldita noche,
Fermín llegó a Las Lunas en su coche;
los caballos que de él tiraban
parecía que nunca llegaban;
aún se veía, todavía era de día
y el sol a gusto resplandecía
cuando del pueblo había salido,
contento y firmemente decidido
a cumplir el encargo de su amada,
misión delicada aunque no complicada.

Pero conforme al cementerio se iba acercando,
el tiempo había ido cambiando:
el cielo de repente se oscureció
y una terrible tormenta lo sorprendió.

La casa señorial ya divisaba,
a los caballos parar ordenó
y del carruaje bajó;
mientras hacia ella caminaba,
nervioso y ya empapado la miraba:
la verdad es que vista de cerca impresionaba
y que estuviera junto al cementerio,
según su humilde criterio,
también a asustar ayudaba.

El frío musgo se había apoderado de su fachada,
ahora a Fermín no le extrañaba,
que creyesen que estaba encantada.

Un viento escalofriante e inquietante,
de tal manera fantasmal soplaba
que a Fermín el pelo le erizaba,
incluso, le pareció que alguien le susurraba;
pasos tras él escuchó
y hasta ahí el pobre gatito aguantó.

Empezó a correr lo más deprisa que pudo,
hasta que en la puerta de la casa se detuvo,
unos segundos dudó,
aunque mucho rato no lo pensó:
por mucho respeto que la casa impusiera,
y aunque más miedo que valor ahora tuviera,
debía sacar fuerzas de donde pudiera
y en la casa atreverse a entrar,
además, así de su perseguidor se podría escapar;
tampoco al coche le daba tiempo a llegar
para de allí huir y su misión no cumplir.

Los caballos asustados relinchaban,
los pasos se aproximaban,
ya le alcanzaban.

La puerta una y otra vez fuertemente golpeó,
hasta que ésta se abrió
y en la casa pudo entrar,
sin embargo, cuando la quiso cerrar,
una mano de hierro huesuda,
como de antigua armadura,
a través de la puerta apareció
y que Fermín la cerrase impidió.

Éste empujaba y empujaba
pero la puerta no se cerraba:
la mano estaba atrapada;
preso de pánico a su alrededor miró
y en una vieja armadura se fijó,
una gran espada a sus pies reposaba;
¡si hasta ella pudiera llegar,
se la intentaría quitar
y con ella la horrible mano segar!
mucho se tenía que estirar,
de la puerta no se podía apartar
pues a toda costa tenía que evitar
que ese horripilante humano
con esas huesudas manos
pudiera con él en la casa entrar.

Finalmente la consiguió alcanzar,
y entonces sí, de la puerta se apartó
hacia la mano rápidamente se giró
y con todas sus fuerzas la cortó;
ésta al suelo cayó,
aunque, rastro de sangre no había,
¿acaso a ningún brazo humano pertenecía?
pero eso a Fermín no le importaba,
¿qué más le daba?

Ahora, en su cometido se centraría,
el pañuelo de doña Pura buscaría
y de esa casa espeluznante,
en menos de un instante,
con su «tesoro» saldría…

El sol resplandecía ese perfecto día,
solo un triste suceso lo ensombrecía.

En la entrada de la casa del cementerio,
su cuidador, el enterrador Desiderio,
el cuerpo de Fermín había encontrado;
estaba boca abajo tumbado,
alguien con su vida había acabado;
oprimía su cuello una mano huesuda,
¿sería la que le faltaba a la vieja armadura?,
¿ella lo había estrangulado?
Fermín algo en su patita sujetaba,
se diría, que a no soltarlo se resistía,
ya que a ello con pasión aún se aferraba;
de un pañuelo de seda se trataba,
inmaculado, blanco y delicado,
que mostraba un elegante bordado;
trabajado con brillante hilo dorado,
la letra «P» los presentes distinguieron
cuando de la pata a Fermín se lo cogieron,
el mismo pensamiento todos tuvieron:
seguro que a la doña pertenecía,
la maldición se cumplía,
nadie a la casa podía entrar
para poderlos molestar…

Días más tarde los aldeanos vieron pasar
un carruaje que a Flor venía a buscar;
a un sanatorio la debían llevar
pues a todos explicaba
que cada madrugada,
su pretendiente Fermín ante ella se presentaba;
un pañuelo en sus patas llevaba
con el que su cuello rodeaba;
la enloquecida princesa aseguraba
que la venía a estrangular
con el pañuelo de oro que ella le pidió robar…

 

 

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