La mágica aventura de Berta

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De buen humor cada mañana, la perrita Berta se despierta;
es hermosa, como la flor más vistosa
y con todos siempre atenta y cariñosa;
para ella hoy es un día muy especial,
por eso su alegría no tiene igual;
su cumpleaños con la familia celebrarán
y ricas croquetas caseras comerán;
las cocinó ayer su querida abuelita,
quien más bien parece una jovencita;
ella la llama cariñosamente “yayi” Isa,
y ésta, como muy bien guisa,
magdalenas recién hechas le ha traído
y el desayuno, junto al yayo Josep han compartido.
Sus tíos Eli y Pau a comer vendrán,
regalitos divertidos seguro que le traerán,
aunque sus papás, Jordi y Anna pensarán:
¿dónde tanto juguete meterán?;
“yayi” Isa también le ha hecho un pastelito,
que además de gustoso y apetitoso, es muy bonito:
con nubecillas y corazoncitos lo ha decorado
y divertidamente original le ha quedado;
observada por todos, las velas apagará
y un deseo cerrando sus ojitos pedirá.
Berta aún es chiquitita,
pero ya se apoya en sus patitas
y se mantiene  bien derechita;
a todos tiene enamorados:
la obsequian con miles de cuidados;
sin embargo, ella enseguida se ha espabilado
y demasiada ayuda para aprender no ha necesitado.
Su amigo Hermes también la vendrá a felicitar
y el gatito Leo tampoco puede faltar…
El día perfecto ha resultado,
a pesar de que ya haya acabado.
Ahora la lunita ya se asomaba
y desde las alturas también la felicitaba,
un ojo le guiñaba y a dormir y a soñar la invitaba…
Paseando con Leo y Hermes una lluviosa mañana,
se encontraron en su camino con una anciana araña;
en la resina de un árbol una de sus patitas se había enganchado,
y de cualquier enemigo podría haber sido el bocado
pero Berta, con sumo y delicado cuidado,
una de sus uñitas utilizó y de la pegajosa resina la liberó;
la agradecida araña, que se llamaba Maña,
le sonrió y su paseo pensativa prosiguió;
Berta de ella se despidió,
pero despistada como estaba,
ni cuenta se dio por dónde caminaba
y una enorme piedra pisó
que bajo la tierra se hundió,
el barro que bajo ella escondía le salpicó
y su lindo vestidito ensució.
¡Vaya disgusto que la pobre se llevó,
pues el vestido le encantaba
y además, ese día lo estrenaba!
La araña, que no había ido muy lejos, viendo lo ocurrido,
a la perrita se acercó y de esta manera la ayudó:
frotó sus patitas una y otra vez con gran rapidez
para un buen puñado de tela segregar
y un ovillo con ella confeccionar
y cuando estuvo bien espeso y tupido,
a Berta le ofreció el algodón conseguido;
que intentase quitar las manchas con él le pidió
y como por arte de magia, ¡el vestido como nuevo quedó!
La perrita, sorprendida la abrazó
y su paseo con sus amigos prosiguió;
pero nuevamente los tres  se detuvieron
cuando a un amigo de Leo llorando vieron:
les explicó que caminando y curioseando,
se había acercado a oler una flor
que era un tanto extraña pues  parecía una  coliflor;
una espinita se le había clavado en su naricita;
y él sólo no se la podía quitar,
pues sus mollitas también podría dañar.
Berta, que había guardado en su bolsillo el mágico ovillo,
para no pincharse con la espina traicionera,
envolvió con él su pata delantera
y fácilmente la espinita le quitó.
El gatito, su cascabel le regaló
y muy seriamente le prometió,
que si su sonido escuchaba,
sabría que ella lo necesitaba
y en su auxilio, sin pensarlo dos veces, acudiría
pues por siempre su amiguito sería,
ya que ella amablemente lo había ayudado
y la molesta espina le había sacado.
Berta se lo agradeció y el gatito contento se alejó.
A Hermes, no le gustaba que tanto se entretuviera,
ni que a todos los que encontraban ayudando estuviera,
pero como el can caminaba murmurando y enfadado,
con el paso firme y ligero de un soldado
y a Berta miraba mientras le regañaba,
sus patas en un gran charco metió
¡y hasta los codos se ensució!
mucho esa mañana había llovido
y como la tierra en fango se había convertido,
sin perder tiempo Hermes se debía lavar
y el barro de sus pezuñas limpiar,
pues si con el sol éste se secaba y endurecía,
mucho trabajo quitarlo le costaría
y además, muy doloroso sería.
Berta sacó de nuevo su ovillo de tela de araña
y aunque lavando a su amiguito se daba mucha maña,
tal y como le enseñó la mágica araña Maña
y frotaba y frotaba insistentemente, no era suficiente;
de pronto, del cascabel que el gatito le dio se acordó,
y sin perder un minuto, como le había dicho lo utilizó,
haciéndolo sonar para que éste la viniera a ayudar.
Enseguida el minino apareció y a unos amigos llamó.
Hermes, de lamer sus patas delanteras se encargaba,
mientras el gatito con él cooperaba,
Leo y los demás de las patas traseras se preocupaban
y algún lametón que otro a Berta le daban,
pues ésta también les ayudaba
y su algodón mágico utilizaba.
Entre las blancas nubes el sol ya despuntaba:
¡mucha prisa se tenían que dar,
si las patas del can bien limpias querían dejar!
entre todos, unidos, lo consiguieron
e impecables, como siempre, las patitas de Hermes lucieron;
perros y gatos se abrazaron y sus pezuñas chocaron.
Los tres amigos a su casa regresaron
y esa aventura nunca olvidaron.
A la hora de cenar, Berta se puso a explicar,
lo que les había sucedido
cuando al bosque habían ido.
Todos estuvieron orgullosos de su chiquitina Berta,
por haber sido tan buena y estar siempre alerta:
rápida y generosamente había actuado,
ayudando a todo aquél que la había necesitado,
por eso, al derrochar tanta amabilidad y bondad,
ahora sabía que siempre contaría con amigos de verdad…

Como cada mañana, el gallo Pelayo su quiquiriquí cantaba
y Berta, entre bostezos se despertaba.
Aún medio dormida se levantó y todo su cuerpo estiró,
para celebrar este día tan soleado, ya tenía pensado,
estrenar el bonito vestido que le habían regalado,
¡tanto le había gustado que ni siquiera se lo había probado!
Mientras en el espejo coqueta se miraba,
en el extraño sueño que por la noche  tuvo pensaba,
¡que cosas más raras en él le habían pasado!
seguro que el atracón de pastel, bien no le había sentado
y por eso su descanso había sido más pesado.
Aunque muy real todo parecía,
ella sabía que una araña mágica no existía
y que un gatito, jamás su cascabel le regalaría,
si en casa lo explicase, nadie la creería;
pero… algo que por el bolsillo del vestido asomaba,
su atención de repente reclamaba
y cuando su patita en éste metió,
mucho se sorprendió de lo que en él halló:
¡un pequeño cascabel y un ovillo de hilo retorcido!
entonces… ¿no había sido un sueño lo que había tenido?

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