Petit

¿Quieres que te cuento un cuento recuento?

Hoy es un día muy especial,
la alegría de Ana no tiene igual:
a casa ha llegado un ser muy esperado,
un pequeño perrete tremendamente deseado.
Sus ojitos de bebé no dejan de mirarla
parece incluso, que buscan interrogarla:
aún no sabe con quién ni dónde está,
solo da vueltas de aquí para allá.
Ana lo observa sonriendo entusiasmada,
se diría que con mirada enamorada;
un nombre para él tendrá que pensar
pero como no se quiere complicar,
lo llamará «petit» simple y llanamente:
la primera palabra que le ha venido a la mente.

Día a día los dos se van conociendo,
sus maneras y costumbres aprendiendo;
a Petit le gusta salir a pasear
y no le cuesta nada socializar,
a todo aquél con quién se cruza saluda,
porque es un amor de perrito,sin duda;
mirando con sus lindos ojillos de pillo,
¡se mete a perros y humanos en el bolsillo!

Un día a la mamá de Ana van a visitar,
Maria Jesús un gatito acababa de adoptar;
no saben qué reacción al verse tendrán,
si bien los dos bebés se llevarán
o por el contrario se pelearán.
El pequeño Jazz no para de resoplar
y de Petit se intenta constantemente alejar
pero éste no lo deja de perseguir
pues que sean amiguitos quiere conseguir.

El primer acercamiento ha sido algo fallido,
sin embargo el perrito no se dará por vencido.
Ana también lo sigue intentando,
a casa de mamá lo continúa llevando
y cuál sería su inmensa alegría
cuando de repente un buen día,
Jazz permite que Petit se le pueda acercar
y no solo con él empieza a jugar
sino que a partir de este momento,
pasado muy poquito tiempo,
serán los mejores amigos del lugar;
Ana graba e inmortaliza sus momentos juntos,
cuando se balancean como dos juncos,
tirandose el uno sobre el otro
¡ por suerte, acabando sin ningún hueso roto!
Una tarde descansaban plácidamente,
cuando un pajarillo, de repente,
en el balcón de María Jesús se posó
y con su insistente piar los importunó.
Petit y Jazz empezaron a protestar,
no dejaban de ladrar y maullar:
querían que de allí se fuese,
que en su lindo hogar no estuviese,
pues además a toda su familia se había traído
a comer lo que a ellos se les había caído
mientras estaban merendando
y de sus cositas hablando.

María Jesús y Ana fueron a ver qué ocurría
¿por qué ese alboroto había?
la puerta del balcón abrieron
y los pajaritos volando se fueron,
solo uno, el más grande, se quedó,
a las dos humanas miró
y desesperado, la última miguita se llevó;
su mirada como un dardo en ellas se clavó,
pues parecía una mezcla de súplica y dolor;
compadecidas y con el corazón lleno de amor,
madre e hija desde entonces cada día,
tanto si hacía sol como si llovía,
ponían en un rincón de su balcón,
comida para los hambrientos pajaritos,
quienes la acababan en muy poco ratito.

Pero a Petit y Jazz esto no les gustaba
y si la puerta del balcón abierta se quedaba
cuando las mujeres la comida les ponían,
vigilando que no los vieran
y cuidando de que no lo supieran,
el alimento de los pajaritos se comían
y aunque hambre no tenían
porque disfrutaban de buen vivir,
simplemente lo hacían,
para no tener que compartir.

Quiso el destino que un día los descubrieran
y para qué de su mala acción se arripintieran,
Ana y María Jesús sin comer los castigaron,
y así les demostraron,
lo mal que se pasaba,
cuando ni de pan ni de cariño se gozaba;
también comprenderían
la bendita suerte que tenían,
pues ellos siempre disponían
de un bocado que a la boca llevar
y nada debían suplicar,
pudiendo además descansar,
en un cálido y amoroso hogar,
donde poderse cobijar.

Petit y Jazz fueron listos y entendieron,
y lo que a partir de entonces hicieron,
fue no volver a molestar,
ni mucho menos la comida robar
a los que eran más desfavorecidos,
aprendiendo de este modo a ser agradecidos
por los bienes y bendiciones recibidos.

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