Ana la maravillosa rana

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Nerviosa pero contenta estaba,
su trabajo ese día comenzaba.
Su futuro por fin había decidido,
difícil elección había sido,
muy bien lo estuvo pensando
y varias opciones barajando,
mucho tiempo le llevó
pero por fin sus ideas aclaró.

Después de sus prácticas haber concluido
y orgullosa y airosa haber salido,
de su trabajo como monitora,
en el que rápido le pasaban las horas
y en el que conoció a seres extraordinarios,
felices en sus mundos imaginarios,
llegó el momento de la docencia ejercer,
enseñar era lo que deseaba hacer;
de menos a sus «renacuajos» echaría
quizás ya no los vería,
pero a todos ellos con amor recordaría:
Al pillo Víctor que la abrazaba
y un beso le robaba,
a Noemí, a Ana, que siempre reían con ganas…

Los había tutelado en miles de excursiones,
ellos las vivían repletos de emociones
y a ella de amor se le llenaba el corazón,
viéndolos disfrutar con tanta pasión;
nunca lo hubiese imaginado:
estar con este grupo la había cambiado,
como si de golpe hubiera madurado,
ahora más importancia daba a lo que tenía,
ya que era privilegiada y lo sabía.

Un mundo nuevo ante Ana se abría,
pero también un aprendizaje sería,
en la vida nunca dejas de aprender,
esto bien claro hay que tener;
La bonita rana se había propuesto enseñar
y en su gran corazón amparar
a aquellos más desfavorecidos,
normalmente incomprendidos,
que también tienen derecho a una oportunidad
y formar parte de la sociedad;
tal vez alguno un buen futuro tendría,
sus estudios con nota acabaría,
quizás otro no aguantaría
y en el camino su esfuerzo quedaría,
pero Ana debía evitar que eso ocurriera,
un nuevo reto para ella era…

Delante de la puerta se paró,
¡menuda algarabía su clase tenía montada!
se quedó observándolos inmovilizada,
una bocanada de aire cogió
y resuelta la atravesó,
de pronto todos la miraron y se callaron,
como si ya los conociera les sonrió
y un sonoro «hola» casi les gritó.

Se oyó decirles soy vuestra profesora,
¡que rara y bonita sonaba esa palabra ahora!
le contestaron con un efusivo saludo,
un incómodo silencio después hubo.

Ana a su mesa se dirigió,
formalmente se presentó
y con la naturalidad que la caracterizaba,
y que tanta confianza le daba,
sus nombres les fue preguntando
para que se fueran «soltando»,
entre risas y bromas lo fueron haciendo,
mientras en sus caritas Ana iba viendo
que muy bien se llevaría
con esta pequeña «jauría»
y todo y más de su parte pondría,
para que preparados estuvieran
y un prometedor futuro tuvieran.

 

Y ahí está la rana Ana, sin que nadie la conozca exactamente, posando en la fotografía en su trabajo de monitora de discapacidad intelectual pasando desapercibida en una labor imprescindible e invisible.

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